El proceso prescinde de los químicos y altas temperaturas comúnmente asociados a la fabricación de células solares para basarse en un sistema de sublimación (impresión de pigmentos por vapor) en una cámara de vacío.
Apenas unas pasadas para depositar las distintas capas necesarias y listo!, ya tenemos una grupo de células fotovoltaicas funcional al que sólo nos queda conectar unos cables. Una de las principales ventajas del invento, aparte de la reducción de costes, es que las células impresas siguen funcionando después de doblarse y su durabilidad está asegurada al menos por un año, que es el tiempo que ha pasado desde que los científicos del MIT imprimieran el primer prototipo.
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